Me creo capacitado para hablar del Azkena y tratarlo como si de “mi festival” se tratara, tanto por mi relación de fidelidad a lo largo del tiempo como por mi amor incondicional hacia él. Acudir año tras año ha sido una constante en mi vida durante los últimos veinticuatro. Lo que comenzó allá por el 2002 en una sala de conciertos (la actual Jimmy Jazz) y al año siguiente se llevó a Mendizabala, para convertirse en el recinto habitual, poco tiene que ver con el festival que disfrutamos en este 2026. Con la perspectiva de los días transcurridos y el conocimiento de las ediciones pasadas, llegó el momento de analizar con frialdad esta última. Toca por desgracia dar algún que otro palo, alguna que otra zanahoria y por supuesto hablar del becerro de oro de esta edición: la soberana masterclass de Jason Isbell. Al lío.

Dicen que todos los grandes festivales nacen del sueño de algún loco que sabe contagiar su amor por el rock creando un evento en donde lo importante son las guitarras, los directos y esa comunión casi religiosa entre músicos y público. El dinero es un mal necesario; la música, el auténtico motor. Pero los sueños, cuando descubren la cuenta de resultados, a veces cambian de dueño. Mal común a todos los festivales pero por cuestión de devoción y entrega apasionada a lo largo de casi cinco lustros me toca ahora de manera especial. Año tras año, el Azkena ha ido creciendo. Más escenarios, más bandas, más asistentes. Hasta ahí, nada que objetar. El problema llega cuando el rock deja de ser la razón de ser para convertirse en el medio. La pasión empieza a cotizar en bolsa y la rebeldía pasa a tener departamento de marketing. Hoy resulta difícil distinguir dónde termina el festival y dónde empieza el centro comercial. Los “azkenitos” (término acuñado por Pelle Almvist de The Hives durante esta última edición) somos menospreciados, diría incluso “maltratados” por una organización cada vez más profesional pero menos humana.

Comencemos criticando la dificultad para encontrar alojamiento en la ciudad a un precio razonable. Se que no es al cien por cien culpa de los organizadores del evento, pero el lugar donde dormir ha de ser considerado como uno de los aspectos negativos a la hora de hacer una crítica constructiva del festival. A fecha de hoy, el 90% de la oferta hotelera de la ciudad, se encuentra ya bloqueada para la edición del 2027 a la espera de una mayor demanda que arrastre la consiguiente subida de precios. Muchos tenemos que buscar alternativas en las afueras de Vitoria con el riesgo y los inconvenientes que conllevan los desplazamientos a altas horas de la madrugada. Todo un engorro.

Por desgracia la media de edad de los asistentes al evento está muy lejos de ser la que todos desearíamos y los tres días de indeseables solapamientos minan la resistencia de los más veteranos. Llegamos extenuados al tercer día. ¿No sería mejor seguir el sabio consejo de: “lo bueno si breve…” y volver a los dos escenarios o a los dos días?

Cada año hay menos sombras y menos lugares para poder sentarse y descansar. ¡Que costaría de paso instalar unos toldos que protegieran del sol y de la lluvia! Triste resultó este año ver a la gente en el espacio habilitado para personas con movilidad reducida empaparse bajo la lluvia sin opción de guarecerse. ¿Sería posible colocar otro toldo en la Virgen Blanca donde se ha llegado incluso a tener que cancelar alguna actuación debido a las altas temperaturas?

El acudir al Transville, con su masificación y ambiente irrespirable, se convierte cada año en un acto heroico ¡La carpa se queda ridículamente pequeña! Una carpa mayor y mejor ventilación se hacen imprescindibles.

Los stands de venta de ropa, libros y discos han desaparecido. Las tasas a pagar por establecer un puesto no se llegan a cubrir con las ventas. Resulta increíble que el precio de la camiseta del festival (39 €) esté por encima de las oficiales de las bandas (35 € la de Jason Isbell, a modo de ejemplo).

La oferta gastronómica es de baja calidad e insuficiente. Los precios de las bebidas desorbitados: ¡doce euros un litro escaso de cerveza! Por cierto: el desfile de chavales, cargados como mulos, molestando al personal en pleno bolo para vender cerveza no tiene nombre. Insufrible.

En la dirección que el festival camina acabará creando zonas VIP como si el rock hubiera decidido abrazar por fin aquello contra lo que siempre presumió luchar: las diferencias entre quienes pueden pagarlo todo y quienes simplemente quieren escuchar música.

 

Nadie cuestiona que un festival deba ser rentable. Faltaría más. Lo cuestionable es disfrazar de romanticismo un negocio que hace tiempo dejó claro cuál es su cabeza de cartel: el beneficio económico. Porque cuando las hojas de cálculo pesan más que los amplificadores, cuando las decisiones las toma el departamento financiero antes que el musical, quizá el rock siga sonando sobre el escenario, pero hace tiempo que dejó de dirigir el espectáculo. Al final, el festival ha demostrado una verdad incontestable: el rock puede ser muy rebelde... siempre que la rebeldía genere un buen margen de beneficio. Lo demás son acordes. Y esos, por desgracia, ya no cotizan tan bien como los dividendos.