Es sábado, pasan de las ocho y media, empieza a refrescar, amenaza con llover y sucede que la Sala Capitol está prácticamente llena para recibir a unos punkarras: qué lujo, la diversidad parece estar viva, mi gozo en un pozo. Hablamos de Lendakaris Muertos cuyo nombre surge de la controvertida banda americana de punk rock de los setenta Dead Kennedys. Los navarros son un grupo de punk, rock, combate, crítica, ironía y sarcasmo, ingredientes, todos ellos, agitados, o no, pero servidos con ingenio y mucho humor en litrona selecta; aterrizan en Compostela para dar su único concierto en Galicia de una gira en la que cuelgan carteles de "no hay entradas ni en taquilla". A los hechos me remito, nadie, con al menos media cresta en las venas, se lo quiso perder.
 

Si tuviera que borrar un estilo del mapa musical, nunca elegiría el punk. Di tú que hay dónde escoger pero cuento esto mirando de reojo a su ausencia entre la música que suelo llevar en el coche (decir esto creo que también tiene algo de punk). Sin embargo, y no se me malinterprete de momento, el punk es un "mal" necesario: es preciso que exista una forma de expresión en la que cualquiera pueda vomitar su rabia contenida sin que tengamos que llamarle violencia; un lugar en el que uno del montón, un don nadie, un mal ejemplo incluso, maldiga ese disfraz de normalidad que nos ponemos cada día sin, con el tiempo, levantar apenas la voz; una plaza para que se ponga, en seria duda, a ese nauseabundo orden establecido que nos mantiene atontados, deambulando y cohibidos en un espejismo que rezan se llama sociedad del bienestar. No hay futuro en el sueño inglés para vosotros, decían los Pistols.

Con la fiesta montada y los tragos tumbando principios de Arquímedes, los gallegos Satxa abren la puerta de par en par. Vaya papeleta para unos "recién nacidos musicalmente" enfrentarse a una sala llena de gente con ansias de volar prendiéndole fuego a sus alas. Sin embargo, cuando uno le pone ganas, le ha echado sus horas de local de ensayo y transmite un poco de ilusión entonces, aunque al principio parezcan un poco fríos y descolocados, se logra conectar con un público ya predispuesto. Satxa, presentando su último disco "Al borde del abismo", despliega un rock nacional con tendencias punkarriles. A pesar de contar con un equipo instrumental interesante (cabezas de cartel compartiendo instrumentos... ¡milagro!), el sonido global de la banda, "logrado" desde la mesa de mezclas, restó enteros a una solidez rítmica que siempre se agradece. Destacar la entrada puntual en escena de los hiphoperos gallegos Ezetaerre que aportaron, por encima de todo, una energía, un desparpajo y unas ganas de comerse el mundo que llenaron el escenario contagiando tanto al respetable como a los propios Satxa: la actuación subió de nivel con esta complicidad orquestada en la fusión. Además, como detalle para incendiar la sala, dividieron al público en dos bandos dejando un pasillo considerable en medio para que "cuando la tralla empezase" naciese un pogo al más puro estilo Sid Vicious. ¡Y vaya si nació! Quedaba inaugurada la noche, aprobados los teloneros y calientes, muy calientes los ánimos en la Capitol para recibir al esperado cabeza de cartel.

 
Rozan las diez de la noche, luces azuladas dejan entrever el caricaturesco rostro de un oso panda de "ojeras farloperas" que sirve como telón de fondo para la ocasión; no está alineado, aquí, al menos esta noche, todas las reglas están para ser quebrantadas. La Polla Records nos acompaña en el hilo musical de una espera distendida que da paso a un temazo, Riders on the Storm, de los Doors y a una iluminación que cubre repentinamente de rojo intenso el escenario; suena el himno de la URSS y, mientras este se funde con unos fans sedientos de notas desigualadas, los protagonistas salen a escena. Empieza la función.
 
Lendakaris Muertos es una explosión de energía desde el minuto cero: corren, saltan y provocan a la par que consumen litros y litros de un combustible musical que parece inagotable. El sonido es brutal, un bloque homogéneo que late con fuerza en un perfecto equilibrio ensuciado con gusto conforme a los cánones, no pactados, del género. Sus temas son breves, no suelen pasar de tres minutos y otros no llegan ni a ser minuto mas su intensidad es asombrosa: antes de que puedas abrir la boca para comentar con el de al lado "qué afiladas son las letras" ya estará sonando la siguiente canción; no hay respiro y nadie lo echa de menos, eso seguro, enloquecer es la única respuesta de un público que lo está pasando pipa sacrificando, entre risas, la razón para perderse una noción del tiempo bastante sobrevalorada por lo que parece.
 
Aitor Ibarretxe es el comandante, la voz cantante de este cuarteto, su misión es conquistar la sala para que nadie sepa dónde empieza y termina el escenario; no para quieto ni un segundo, su agilidad lo hace prácticamente ubicuo: tan pronto está sobre las tablas como subido a una barra, mecido por la corriente de los brazos de la gente, poniéndose un chandal de Colombia mientras pregunta si es del Deportivo, vistiendo una camiseta de la selección española mientras lanza un "no sé qué os pasa, por estadística más de la mitad sois del pp" o perdido entre el público, que sabe todas las canciones, convirtiendo espectadores en líderes de banda; y es que, el micro, es tan suyo como de los que asisten al concierto. Junto a él, llevando a Sid Vicious en el pecho, Jokin Garaikoetxea, el imprevisible: lo encontrarás tirado por los suelos pataleando, desafiando al público con caretos y poses de soy el más duro del lugar, tocando con pasamontañas, sonriendo a los de primera y última fila o usando su bajo como si fuera un rifle de francotirador. Todo ello, lógicamente, por el bien del humor y la fina ironía. A la guitarra, armado con una Gibson SG y un micrófono que podría ser del mismísimo Elvis, José Miguel Redin (más conocido como "Joxemi"), guitarrista de grupos como Ska-P o No-Relax, es la sonrisa del grupo: disfruta todo el concierto como un pequeño diablo al que acaban de liberar para desatar todo el mal que no puedes imaginar. Cierra filas en la batería Potxeta Ardanza, el encargado de no dejar que el taladro de la percusión se apague ni por un maldito instante para disfrute de todos los presentes.
 
 

En cuanto al repertorio, su octavo disco bajo el brazo, Podrán cortar la droga pero no la primavera, compuesto y grabado durante la gira que hicieron el pasado verano por California, México, Colombia, Chile y Argentina, es una auténtica bofetada al mundo tecnológico en el que malvivimos: ¡el Black Mirror nacional, diría yo! De él sonaron casi todas: último resortspeederman, lamentablet, el 4k se llevó a mi chica (homenaje a los Ramones), gore eta (léase con cabeza) y esto es lendakarísimo (que yo recuerde). Lógicamente con el ritmo frenético que se gastan sobra tiempo para repasar el resto de la discografía: odio los partidos (adaptación de un tema de La Polla), oso panda (talismán de la gira en todos los sentidos), eta deja alguna discoteca (sentencia dicharachera en tiempos convulsos), modo dios, húngara chunga, centro comercial, veteranos de la kale borroka, gora españa (reflexiónese antes de maldecir), odio el fútbol (ese oscuro y millonario negocio que alimenta cada día mucho más de medio país) o, cerrando antes del bis, Urrusolo Sistiaga ("esto no va para nada de política, esto no va de apología del terror"), entre otros.

Porque hubo bis, por supuesto que lo hubo y comenzó subiendo a gente del público al escenario, fueron ídolos por un tema y alguno volvió en volandas a su localidad: qué más se puede pedir. Y si faltaba algo entonces salió un oso panda de carne y hueso para dar rienda suelta a una sala que ya era un auténtico y precioso mar de caos y diversión que parecía no tener fin.

Suben las luces, vuelve a sonar el himno de la URSS y entre aplausos, cánticos y gritos de selva profunda la anarquía de un gentío entregado dibuja un hasta pronto a la sensación del punk peninsular actual. No sé si habrá futuro para nosotros pero lo que es seguro es que nadie podrá borrar las risas, los saltos, las cañas entre amigos y la afonía del día después de una noche que al filo de las doce, para quien traspasó esas puertas de la Sala Capitol, pareció ser mucho más joven de lo habitual.

Muchas gracias a Santa Guerrilla, "colectivo de operararios do underground", por apostar fuerte para pintar de otro color la cultura y la Sala Capitol un sábado cualquiera.

 

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