Fue durante la edición del 2005 cuando los vi por vez primera. Nos pasamos horas dándole vueltas sobre cuál había sido el mejor directo del festival. Xosé no tenía ninguna duda: para él los Drive-By Truckers. Lo repetía una y otra vez. El resto nos dedicábamos a llevarle la contraria por eso de “tocar las narices” y no dar la razón jamás. Había que discutir por algo. De vuelta, ya en casa una vez acabado el Azkena, fui haciéndome con los discos de los Truckers poco a poco (aún no habían inventado el Spotify) y casi sin darme cuenta, acabé enganchádome a la banda. Me convertí en un incondicional.

Al año siguiente tuve la suerte de volver a verlos en la sala Capitol, todavía con la formación al completo. Fue uno de esos conciertos que recuerdas con cariño porque estaban en un momento espectacular. Al año siguiente Jason Isbell, el componente más joven, dejó el grupo (más bien lo echaron) comenzando así su meteórica carrera en solitario. Sin saberlo, aquel concierto en Compostela fue una de las últimas oportunidades de poder disfrutar de aquella alineación de lujo que tan buenos discos nos ha dejado. Volví a coincidir con los Truckers y sus miembros en varias ocasiones más pero ¡como he echado de menos la pegada de la banda al completo!

El tiempo pasó inexorable. Un día de forma casual en alguna emisora de radio escuché una canción que llamó poderosamente mi atención. El tema “Cover me up”. Su compositor e interprete resultó ser Jason Isbell. El nombre que llevaba años cogiendo polvo en algún rincón de mi memoria volvía a llamar a la puerta. Y claro, ya no hubo escapatoria, me tocó sumergirme en sus andanzas y su discografía. ¡Qué grata sorpresa! ¡Qué gran acierto!

Si uno escucha a Isbell hoy, con esa mezcla de honestidad brutal y canciones que parecen escritas después de haber vivido tres vidas, cuesta imaginar que todo empezó en Green Hill, un pueblecillo perdido de Alabama donde todo el mundo se conoce. Creció en un entorno profundamente religioso: su abuelo era predicador y la fe formaba parte del paisaje cotidiano, casi tanto como los campos y las carreteras secundarias. Su infancia y adolescencia no fueron precisamente un remanso de paz. Se veía atrapado entre los remordimientos, la culpa y el pecado. Era un chaval más bien regordete, el típico al que algunos compañeros deciden convertir en blanco de las burlas. El bullying y las continuas discusiones entre sus padres contribuyeron a que pasara muchas horas encerrado en su habitación en donde se escondía para encontrar su auténtico salvavidas: una Fender Stratocaster. Mientras fuera volaban los reproches, él aprendía acordes. Todo eso acabaría apareciendo, años después, en sus letras convertidas en historias de personajes rotos que buscan una segunda oportunidad.

Su entrada en Drive-By Truckers se asemeja a una de esas leyendas del mundo del rock que van de boca en boca y sorprendentemente en ocasiones resultan ser ciertas. Una noche en un bolo en Nashville el guitarrista habitual no se presentó. Jason se subió al escenario enchufó la guitarra y salió del paso con tanta naturalidad que acabó quedándose. Lo que empezó como un favor improvisado terminó cambiándole la vida. Y vaya si se la cambió.

Los Drive-By Truckers le dieron un escenario, un público y la posibilidad de demostrar que sabía escribir canciones extraordinarias: “Decoration Day”, “Outfit”, “Gravity’s Gone”... La carretera, los conciertos interminables y la vida de músico resultaron ser al mismo tiempo su refugio, su salvación y su infierno. Lo que parecía la recompensa por tantos años difíciles acabó convirtiéndose en una espiral autodestructiva. El alcohol y las drogas empezaron a aparecer ocupando más protagonismo del que cabría esperar. La situación llegó a un punto insostenible. El talento seguía ahí, nadie lo discutía, pero convivir con Jason era cada vez más complicado. Al final, la banda tuvo que tomar una decisión dolorosa: lo echaron a él y a Shonna Tucker, la bajista del grupo con quien se había casado. Lo que en aquel momento pudo parecer el final de la historia, con el tiempo acabaría siendo el principio de la mejor versión de Jason Isbell. Porque a veces tocar fondo es la única manera de empezar a subir.

Cinco años de bar en bar no le impidieron sacar a la luz dos discos en solitario: “Sirens of the Ditch” (2007) y “Here We Rest "(2011). En medio de la publicación de ambos, junto con un grupo de músicos de los estudios FAME, salió al mercado “Jason Isbell and the 400 Unit” (2009) Mas es a partir de 2013 con su internamiento en un centro de desintoxicación, la publicación de ”Southeastern” y su matrimonio con la violinista Amanda Shires cuando su carrera experimenta un punto de inflexión brutal. Jason llega afirmar de esta etapa de su vida: “Me senté conmigo mismo y escribimos un disco que me salvó la vida”. Con seis álbumes más publicados hasta la fecha, seis Grammys y múltiples reconocimientos de la Americana Music Association, podemos considerarle como uno de los mejores compositores de los USA hoy.

Más allá de su enorme talento como guitarrista y de su singular personalidad dentro del rock y la música americana, donde Isbell alcanza una altura extraordinaria es en su faceta de compositor y letrista. Tiene esa rara capacidad de contar historias personales y conseguir que, al escucharlas, terminemos pensando que en realidad también hablan de nosotros. Sus canciones hablan de relaciones que se rompen, de recuerdos, de la familia, del paso del tiempo, de la pérdida, de las adicciones, de la culpa, de la redención, de las dificultades de la vida cotidiana o de esa sensación tan humana de intentar entender quiénes somos y qué hemos hecho con nuestra vida. Pero nunca lo hace desde la distancia de quien simplemente cuenta una historia: sus personajes tienen contradicciones, cometen errores, se equivocan y muchas veces intentan seguir adelante como pueden. Busca constantemente la identificación con quien le escucha. Además, Jason es músico extremadamente exigente consigo mismo. Da la impresión de no conformarse con una canción que simplemente funcione. Hay detrás de sus composiciones una enorme atención al detalle, a la palabra adecuada, a la estructura de una historia y a ese difícil equilibrio entre decir mucho y no decir demasiado. Sus letras pueden parecer sencillas cuando se escuchan por primera vez, pero casi siempre esconden varias capas. Por todo ello, escucharle es entrar en un universo de historias sobre personas que intentan sobrevivir a sus propias circunstancias, encontrar un poco de sentido a lo que les ocurre y, en el mejor de los casos, aprender algo por el camino. Y quizá esa sea la verdadera excelencia de Isbell como compositor: hacer que una canción nacida de su propia experiencia termine perteneciendo también a quien la escucha.

Toca ahora centrarnos en Mendizorroza. Sin ninguna duda, fue el mejor concierto de esta edición y uno de esos que dejan huella. De los que continúas referenciando durante años cuando quieres quedar por encima de los demás en las discusiones musicales entre colegas. Y eso que yo, optimista de por si, iba ya con las expectativas por las nubes a pesar del cartel que se le cuelga al de Alabama de reposado y sobrio. La verdad es que las expectativas se superaron con creces.

Un setlist ajustado al tiempo que se le concedía. Se permitió disparar con algunas de sus mejores cargas de profundidad: Canciones de los Drive-By Trucker, otras con la 400 Unit y temas de su último disco acústico y en solitario "Foxes in the Snow", que supieron adaptar a la perfección para ser disfrutados con la chispa requerida en un festival como el Azkena. Isbell demostró su sobresaliente saber hacer con las seis cuerdas arropado por un excelso Sadler Vaden con el que en varios temas se enredó en soberbios combates guitarreros que parecían no concluir. Reminiscencias que nos llevaron de la esencia melódica de los dúos Haynes-Betts al cabalgar salvaje de los Crazy Horse del tío Young, pasando por la delicadeza y excelsa pulcritud a la hora de interpretar los temas más íntimos del repertorio. Una base rítmica de lujo con Anna Butters al bajo, Chad Gamble a la batería y el irrepetible Will Johnson a la percusión. Los teclados para Derry DeBorja. Todos en una conjunción perfecta y, sin lugar a dudas, con el mejor sonido de todo el festival a pesar de desarrollarse en el escenario secundario del evento. Entre el público respeto, sentimiento, entrega y pasión.

Cuando Jason se bajó del escenario, no salí pensando en cuál canción había tocado y cual no. No me plantee si el sonido había estado mejor o peor que el escuchado en otros escenarios. Salí con la sensación de haber vivido algo diferente, único. Entendí por qué hay gente que recorre cientos de kilómetros para ver a su banda favorita una y otra vez y me despedí de Mendizorroza. No quería perder la agradable sensación, la plena satisfacción, del placer que da lo irrepetible.

La edición del 26 se acababa y la de los 25 años está ya al caer. Deseando ver el cartel y volver por tierras vitorianas.

 

 

Setlist:

It´s Gets Easier - https://www.youtube.com/watch?v=2uVsAMfa5fY&list=RD2uVsAMfa5fY&start_radio=1

24 Frames

Gravelweed

Decoration Day - https://www.youtube.com/watch?v=JuCJVUzn7PM&list=RDJuCJVUzn7PM&start_radio=1

True Beliver

Bury Me - https://www.youtube.com/watch?v=fl2mtU6DwFw&list=RDfl2mtU6DwFw&start_radio=1

Crimson and Clay

If we were Vampires

Danko/Manuel

King of Oklahoma - https://www.youtube.com/watch?v=HYluiG2uRcY&list=RDHYluiG2uRcY&start_radio=1

Cover me Up

This Ain’t It

SetList en Spotify

 

Pd: Dejo links a distintos videos del concierto. La aproximación perfecta a una noche inolvidable...

Gracias Jaume Saurí