Hay recuerdos que se quedan con uno para siempre: mi madre planchando mientras suenan canciones con dedicatoria en la radio, las cintas que rebobinaba una y otra vez en aquel radiocasette que me habían traído los Reyes, los playbacks con mis primos en aquel verano del 79,... Pero siendo honesto, la cosa comenzó a ponerse seria de verdad a principios de los ochenta.
Ahí fue cuando la música dejó de ser un simple ruido de fondo que me hacía compañía en los momentos de ocio y pasó a ser algo que me atrapó de lleno. Se volvió refugio y plan. Incluso fue la excusa perfecta para juntarse con gente, para hacer amigos. Compartida o en la intimidad. Te ponías un disco y ya no era solo el “sonar algo de fondo”; era pararte, disfrutar, escuchar de verdad y dejar que la melodía te atravesara, te poseyera. Algo buscado y anhelado que ocupaba las veinticuatro horas del día. La banda sonora personal que me acompaña desde entonces y ha estado presente en los buenos y en los malos momentos de mi vida.

Fue a principios de los ochenta cuando entraron en juego dos programas de referencia en los mass media de la época, gracias a los cuales a muchos se nos abrieron las puertas de lo que se estaba a “cocinar” en el mundillo musical: El Diario Pop (RNE, Radio 3) y La Edad De Oro (TVE). Fueron mucho más que una mera fuente de información, fueron una forma de entender la contracultura. Un adoctrinamiento consciente y consentido que te hacía sentir que formabas parte de algo grande, de una especie de comunidad invisible con la que compartías códigos y referencias. Mirando atrás, me doy cuenta de que mis gustos musicales de hoy en día comenzaron a forjarse aquí, en esas horas que pasé pegado a la radio o a la tele, dejándome guiar por voces que parecían saber exactamente qué merecía la pena escuchar.
Una noche de diciembre del 84, a la intempestiva hora de siempre y en directo desde la sala Astoria de Madrid, un tal Paul Collins entró en casa a través del programa de TVE. A pesar de los más de 40 años que han transcurrido desde entonces, recuerdo perfectamente el chute de energía que aquel tipo americano irradiaba. Sus temas cortos y directos, sus melodías que enganchaban en primera escucha. Esas guitarras rítmicas potentes que mezclaban a la perfección la energía del punk con la sensibilidad del pop sesentero. Una noche perfecta de la que hablar al día siguiente con los camaradas de correrías y que me llevó a acabar comprando en la tienda de referencia de la ciudad: Don Disco, uno de los singles que más escuché en aquellos juveniles años: Cara A - “All over the world” Cara B - “Always got you on my mind” y que aún conservo.

El sábado 14 en Santiago, una vez más, he vuelto a ver a Paul Collins. Esta vez en la Capitol de Santiago con solamente un tercio de entrada vendido, nada que ver con el último sold out el año pasado en la sala El Sol de Madrid. Todos estamos más mayores, el tiempo no ha pasado en vano. Ya no hacemos ostentación de la generosidad capilar de entonces, ni saltamos como posesos celebrando cada tema del bolo. La edad no perdona. Pero aquellas canciones, aquellos temazos de los Nerves y The Beat, continúan haciendo que el corazón se me ponga a mil. Porque la honestidad, más que la nostalgia, las mantiene vivas. Canciones simples pero perfectamente construidas que demuestran que una buena melodía y una emoción sincera nunca pasan de moda.
Comenzar un bolo con “Rock n Roll Girl” podría convertirse en una arriesgada apuesta a la hora de desgranar un setlist que pretenda alcanzar buen puerto. Pero cuando el bagaje de hits que pueblan tu carrera es de tal excelencia, la cosa no deja de ser un trámite: “Let me into your life”, “Don’t wait up for me”, “I don’t fit in”, “USA”, “Working too hard”, “Work a day world”, “Kids”, … y así hasta veintitrés trallazos que nos dejaron exultantes, con sonrisa de oreja a oreja. Rock n roll del que te hace salir con mejor cara de la que entraste. Por supuesto, todo ello perfectamente sostenido por los habituales Juancho López al bajo, Octavio Vink a la guitarra y Ginés Martínez a la batería. Toda una garantía y el encaje perfecto para elevar el show a la categoría de imprescindible.

No puedo olvidarme, ni debo, de los gallegos Oceano Eskizo. Vestigio también de juventud de la banda otrora llamada Radio Oceano que se encargaron de romper el hielo para el angelino. De menos a más, repasaron temas de la antigua formación e hicieron temas nuevos de su próximo y esperado lp. “Terra Cha”, “Narcisismo”, “Esto no es Hawaii nin falta que fai”,… y climax con “Como o vento” en donde contaron con la colaboración de Nuno García (Grande Amore) en la voz.
Al final, salimos a la calle con la certeza de que no solo hemos asistido al concierto perfecto, sino que hemos recuperado una parte de nosotros mismos. Y eso —como las grandes canciones— tampoco caduca.


